El miedo a Haití: el impacto de la independencia de 1804 en las sociedades esclavistas americanas.
Carlos Alberto Murgueitio Manrique: Saint Domingue fue desde el inicio de la Revolución Francesa un caso excepcional debido a sus orígenes piráticos y al régimen de autonomía especial que gozaba la principal colonia de Francia.
Haití puede entenderse como un territorio de frontera clave para estudiar la dimensión atlántica de la Revolución francesa y de la época napoleónica. La revolución haitiana fue la primera insurrección antiesclavista triunfante del mundo moderno y mostró los límites de los principios de libertad e igualdad proclamados en Europa. Al mismo tiempo, colocó al Caribe en el centro de los conflictos imperiales, económicos y militares. En este espacio de frontera, las ideas revolucionarias circularon y fueron apropiadas por poblaciones esclavizadas y libres de color. Estos procesos influyeron en decisiones de Napoleón Bonaparte, como la venta de Luisiana y el retiro francés del continente americano, y cuestionaron las lecturas eurocéntricas de la modernidad política.
Carlos Alberto Murgueitio Manrique, Doctor en Historia por El Colegio de México. Es profesor nombrado, categoría Asociado, y actualmente se desempeña como jefe del Departamento de Historia de la Universidad del Valle, en sus sedes de Cali y Buga, Colombia. Su trabajo docente e investigativo se ha centrado en la historia política e intelectual del mundo atlántico de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, con énfasis en los procesos revolucionarios y en la articulación entre Europa, el Caribe y América, contribuyendo a una lectura transnacional de las revoluciones modernas.
¿Cómo se vivió y se interpretó el periodo revolucionario dentro de la propia isla por parte de la población colonial? ¿Qué formas de convivencia, tensiones o adaptaciones surgieron entre los distintos grupos sociales durante esos años de transformación?
El estallido de la Revolución Francesa, en el verano de 1789, provocó el inicio de una devastadora guerra civil en Saint Domingue. La principal colonia de Francia se convirtió en un polvorín porque los dueños de la tierra y de los esclavos ohabitants, descendientes de los piratas, filibusteros y bucaneros, se opusieron a aplicar las leyes igualitarias promulgadas por la Asamblea Nacional de París.
Las nuevas leyes les otorgaban a todos los propietarios de la tierra y de los esclavos, todos contribuyentes al erario público francés, los mismos derechos ciudadanos, sin importar el color del pellejo o de la epidermis. La disposición, si bien no lo aclaraba explícitamente, incluía a la rica y próspera casta mulata, compuesta por alrededor de 400 hijos de padres franceses y negras libertas, de un total de alrededor de 26,000 sang melés.
Los propietarios blancos o grands blancs, conformaron, junto a sus clientelas y redes de colaboradores denominados petits blancs; un conglomerado de funcionarios locales, profesionales, comerciantes, administradores, y plebeyos, el partido “patriota”, abiertamente segregacionista, y dispuesto a separarse de la metrópoli para adherirse a Inglaterra, con tal de impedir la aplicación del ordre nouveau en Saint Domingue.
Desde su perspectiva, ¿Hasta qué punto es posible rastrear la influencia de la Ilustración en las políticas locales y en la manera en que la población colonial comprendió los cambios que estaban teniendo lugar?
Desde la década de 1780, cuando se restableció la trata francesa como consecuencia de la victoria aliada hispano-francesa en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de América (1776 – 1783), se incrementó la llegada de esclavos africanos provenientes tanto de la Costa de los Esclavos (entre Guinea y la actual Nigeria) como de las selvas del Congo a las Antillas francesas, especialmente a Saint Domingue, llegando a superar los 30,000 esclavos anuales. La llegada masiva de africanos significó la vulnerabilidad del régimen propio de la economía de plantaciones en el epicentro de la producción de azúcar, café e índigo.
Las autoridades metropolitanas, bajo la dirección de la monarquía de Luis XVI, consternadas del peligro de un eventual levantamiento general de las dotaciones, que sumaban unos 450,000 esclavos, la concentración demográfica más elevada del Nuevo Mundo, reaccionaron promulgando las Ordenanzas de 1784 y 1785, que alivianaban, por lo menos jurídicamente el maltrato y los excesos practicados por los plantócratas, inspirados en los ideales de la Ilustración, y retomando las directrices del Code Noir de Luis XIV. Incluso se llegó a plantear la liberación escalonada y organizada de los esclavos, tratando de mantenerlos atados a sus labores agrícolas e industriales a través de la servidumbre.
Los Consejos Provinciales de Cap Français y Port au Prince, conformados por los dueños de la tierra y esclavos, se opusieron a los mecanismos y disposiciones reales que sancionaban los abusos cometidos por los habitants, generando graves tensiones entre la colonia y la corona. Estos se declararon en abierta rebeldía recordándoles a los franceses que Saint Domingue tenía un régimen autonómico diferente a las demás posesiones antillanas, pues la parte francesa de la isla de La Española no había sido conquistada por Francia, ni adquirida mediante la compra o el cambio de su soberanía frente a ninguna otra potencia, esta había sido incorporada de manera voluntaria a la monarquía a cambio de protección e intereses meramente comerciales.
¿Hasta qué punto las autoridades francesas buscaban realmente aplicar los principios revolucionarios en sus colonias?
Con el estallido de la Revolución Francesa, en 1789, el nouveau ordre, de espíritu liberal, buscó irradiar dichos principios en las colonias francesas del Caribe, Cayena y las islas del océano Índico. Aunque en esta primera etapa dominada por el partido Girondino o de la Gironde, tenía como objetivo la igualdad jurídica de los ciudadanos, no la liberación masiva de los esclavos. Es importante señalar que algunos miembros de la Asamblea Nacional de París, entre ellos Mirabeau, Condorcet y sobre todo el abate Grégoire, llegaron a plantear la libertad de todos los seres humanos basándose en la proclamación de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Fue tan solo hasta febrero de 1794, cuando la Convención Nacional, de acento eminentemente Jacobino, dirigida por los Comités de Salud Pública y de Seguridad Nacional, y bajo el orden republicano, que la metrópoli se pronunció a favor de la liberación masiva de los esclavos. Hecho que solo fue una medida política que legítimo lo puesto en marcha desde el 20 de junio de 1793 en Saint Domingue, por los comisarios civiles Sonthonax y Polverel, quienes liberaron a los esclavos africanos, otorgándoles el carácter de nuevos ciudadanos, a cambio de que estos formaran filas para defender a Francia de la invasión conjunta de los ejércitos y flotas navales de España e Inglaterra, como consecuencia del regicidio de Luis XVI y el subsiguiente desarrollo de la Guerra de la Convención.
En su artículo sobre la revolución en Saint-Domingue, usted plantea que el conflicto desbordó rápidamente la isla y se convirtió en un fenómeno regional. ¿Qué mecanismos permitieron que una insurrección local se transformara en un proceso que afectó a todo el Caribe y la Tierra Firme?
Lo primero a considerar es que Saint Domingue fue desde el inicio de la Revolución Francesa un caso excepcional debido a sus orígenes piráticos y al régimen de autonomía especial que gozaba la principal colonia de Francia. En ninguna otra parte se presentó una guerra civil de tipo colorista que dividió a las élites blanca y mulata, propietarias de la tierra y los esclavos. Además, la topografía montañosa de la isla de La Española, y el hecho de que esta estuviera dividida entre dos potencias rivales, aliadas o enemigas, permitió que se presentara el cimarronaje, que se convirtió en una plaga. En Martinique y Guadeloupe, por ejemplo, no dió el fenómeno de la guerra civil colorista, por el contrario, la alianza de las castas dominantes frenó el avance de una insurrección negra.
En Jamaica, la principal economía de plantaciones de Inglaterra, donde al igual que en Saint Domingue, la población esclava superaba ampliamente a los libres de todos los colores, las insurrecciones fueron localizadas y no generales, y las autoridades lograron repeler a los rebeldes insurrectos.
En cuanto a Cuba, Santo Domingo español, Puerto Rico y los litorales de la Tierra Firme hispana, la población esclava nunca superó a la población de libres de todos los colores. España siempre mantuvo las proporciones evitando que se presentara una insurrección general de sus dotaciones y el cimarronaje fue tenue. Es oportuno mencionar, que los territorios de la monarquía española estaban lejos de recrear un sistema de explotación semejante al que existía en Saint Domingue o en Jamaica, el sistema de plantaciones era precario o incipiente, la mayor parte de los esclavos estaban dedicados a la economía hatera o fueron dedicados en su gran mayoría al servicio doméstico en las haciendas y ciudades.
¿Hasta qué punto el racismo estuvo presente entre los soldados rasos durante el conflicto?
Es importante resaltar que para los habitants blanquistas, que tenían una fe calvinista, y no católica, los esclavos africanos no eran considerados seres humanos, sino bestias sin alma, por lo que el tratamiento que recibían era de cosa o de animales de trabajo.
Es complicado, según mi perspectiva y comprensión, referirse al “racismo” tal y como lo conocemos desde mediados del siglo XIX, cuando las tesis de Charles Darwin acerca de la evolución de las especies biológicas, fueron extrapoladas por Herbert Spencer a las sociedades humanas. Sin embargo, como ya se ha dicho, el partido “patriota” de Saint Domingue, conformado por los habitants desde 1760, cuando se levantaron contra la monarquía en un intento fallido de independencia, tuvo desde sus orígenes una naturaleza blanquista, segregacionista y separatista.
Desde 1789, los “patriotas” se reorganizaron y manifestaron desafectos de la Francia revolucionaria y de las nuevas leyes igualitarias, porque estas otorgaban la ciudadanía plena a la casta mulata, dueña de 1/3 de la tierra y de los esclavos. Según los “patriotas” blanquistas, los mulatos eran el producto de la mezcla y de la ilegitimidad, y por lo tanto no podían ser considerados como iguales, sin importar su riqueza, sofisticación, educación y veteranía en el arte militar. El odio, la envidia, el resentimiento y las ganas de venganza motivaron la arremetida de sus clientelas de petits blancs contra la gens de couleur intentando exterminarlos.
La prosperidad de los mulatos, dedicados especialmente a la cafeticultura, incentivó los ánimos de la canalla blanca, dispuesta a arrebatarles su éxito, por lo que se situaron del lado de Francia para defender su vida y propiedades del partido blanquista. Es importante señalar que, buena parte de los soldados y marineros de los regimientos europeos recién desembarcados en los puertos de la isla entre 1790 y 1792, se dejaron seducir por la propaganda de los “patriotas” y traicionaron a los oficiales leales a la monarquía constitucional y al ordre nouveau, solidarizándose con la causa secesionista, pues los segregacionistas proclamaron la igualdad de todos los blancos, y no solo de los propietarios y contribuyentes, como lo concebía la Asamblea Nacional de París.
¿Existía un odio racial explícito entre los combatientes, o ese antagonismo fue más bien construido y alimentado por las élites políticas y militares de la época? Tengo entendido que sí se puede observar este odio en diarios personales y otros documentos.
Hasta ahora me he referido al conflicto que se desarrolló entre los propietarios de Saint Domingue, es decir, a los blancos y mulatos, y al involucramiento o movilización de sus clientelas y dotaciones de esclavos en la guerra civil, 1789 – 1791, pero para ampliar el espectro y comprender la complejidad de los sucesos que transcurrieron como consecuencia del mismo, tenemos que referirnos al gran levantamiento de los esclavos de la llanura del norte, que se presentó desde el 22 de agosto de 1791, cuando el centro neurálgico del sistema de las plantaciones del Caribe quedó destruido como consecuencia de un incendio devastador que lo consumió todo.
Desde entonces, los propietarios blancos y mulatos comprendieron que la única forma de evitar el colapso definitivo del orden colonial era conseguir un concordato para evitar el atroz desenlace, aunque esto no fue posible. Los negros, ya habituados a la guerra, representaban en total, unos 450,000 individuos, en su mayoría jóvenes provenientes de Guinea y el Congo, que ni hablaban francés y mucho menos lo escribían. Los primeros, eran dirigidos por George Biassou, y los segundos por Jean Francois Papillon, ambos líderes de la campaña de aniquilación de los propietarios blancos, sus antiguos amos, pero a la vez enemistados con los mulatos aliados de Francia.
Los líderes negros, unos brigantes incendiarios para los franceses, se pusieron rápidamente del lado de España y del rey Carlos IV, pues el levantamiento de las dotaciones de esclavos, aliados de los cimarrones, en vez de buscar la libertad de sus congéneres, como lo ha señalado la historiografía tradicional inspirada por el marxismo leninismo, tuvo otra motivación, que era la de forzar la liberación del rey Luis XVI, quien había sido detenido en Varennes, y puesto preso en las Tullerías, desde junio de 1791, como consecuencia de su intento fallido de huir de Francia por la frontera de los Países Bajos austríacos.
El rey era considerado por los esclavos como un campeón de su causa por haber decretado las Ordenanzas de 1784 y 1785, que, como se dijo, castigaban los vejámenes practicados por los amos en las plantaciones. Además, hay que tener en cuenta, que los curas doctrineros, especialmente los capuchinos, ejercían una influencia determinante sobre los africanos, movilizándolos en favor de la monarquía y la iglesia católica, como respuesta a la Constitución Civil del Clero, promulgada en 12 de julio de 1790, e impuesta por la Asamblea Nacional de París. Estos sacerdotes manipularon la información llegada de Europa, regando la noticia de que el rey les había otorgado a los esclavos tres días semanales para cultivar sus jardines.
El odio “racial”, si es que lo podemos llamar así, debe ser comprendido en ambas vías, los blancos o blanquistas subvaloraban a los africanos, y no se percataron de los riesgos y vulnerabilidades que implicaba un levantamiento general de esclavos, que no se presentaba desde la época de Espartaco, entre los años 73 – 71 a.C. Los negros detestaban a sus amos, y particularmente a aquellos que eran reconocidos por su crueldad, y buscaron exterminarlos hasta su extinción, aunque hubo casos, como el de Toussaint Louverture, quien, con el ánimo de salvar a su antiguo patrón, Bayón de Liberta, lo sacó de la isla, embarcándolo hacia los Estados Unidos de América.
¿Cuál fue el papel de Toussaint Louverture en la conformación del nuevo orden social y político de Haití?
Toussaint de Breda, como era su nombre antes de la Revolución, era un hombre mayor, de 50 años, quien había sido esclavo, primero de los jesuitas, y luego, tras la expulsión de la orden, en 1767, había sido adquirido por su amo, y luego liberado. Cuando estallaron los acontecimientos que tratamos aquí, Toussaint ya era un liberto propietario de tierras y esclavos, en Ennery y la Grande Riviere du Nord, y tras el levantamiento general de las dotaciones de la llanura del Norte, en agosto de 1791, se unió a las huestes de George Biassou, que como ya se ha dicho, dirigía a los guineanos, convirtiéndose en el médico de dicho ejército, y luego de los regimientos auxiliares negros que formaron filas en favor de España. Pues él, como su jefe y el líder congoleño Jean Francois, era un católico devoto y monarquista reconocido, como quedó manifiesto tras el advenimiento de la Guerra de la Convención, desde febrero y marzo de 1793.
Su papel estelar en los acontecimientos por venir, inició en mayo de 1794, cuando, decepcionado de las prácticas de su jefe Biassou, quien no solo irrespetaba las convenciones de la guerra sino que participaba en la trata de esclavos de manera clandestina, se pasó al lado de la república francesa, en sintonía con el decreto de la abolición de la esclavitud, emitido por la Convención Nacional el 4 de febrero, que como se ha dicho, ratificó la medida desesperada emitida por los comisarios Sonthonax y Polverel en el verano de 1793 para encarar la intervención inglesa y española. Con la traición de Toussaint a España, las tierras que había conquistado en favor de Carlos IV cambiaron rápidamente de soberanía robusteciendo el dominio de la república francesa en Saint Domingue. Tras la Paz de Basilea, que le puso final a la Guerra de la Convención, Toussaint, ahora Louverture, ascendió meteóricamente, convirtiéndose entre 1796 y 1800, en el gobernador de facto de Saint Domingue.
¿Qué diferencias existieron entre los líderes revolucionarios —Louverture, Dessalines y Christophe— respecto al futuro del país?
Las diferencias entre estos líderes negros fueron enormes, tanto en su nivel cultural y personalidad, como en el comportamiento que tuvieron cada uno de ellos cuando manejaron los destinos de Saint Domingue o Haití. Mientras Toussaint en el momento del estallido de la Revolución Francesa era ya un hombre maduro, liberto y propietario de tierras y esclavos, y con conocimientos médicos herbolarios, que se había educado con los jesuitas y su amo Bayón de Liberta, Dessalines y Christophe, sus lugartenientes, eran esclavos, el primero dedicado a la carpintería y el segundo un cocinero.
Los tres tuvieron que lidiar con el desmonte de la esclavitud y sus repercusiones; el abandono de la agricultura de las plantaciones y el hecho de que los antiguos esclavos no querían volver a sus labores, por lo que tuvieron que recurrir a mecanismos coercitivos dentro del sistema del caporalismo agrario, para obligar a la mano de obra a trabajar en calidad de siervos a cambio de un cuarto (1/4) de los ingresos generados por la producción de los campos, ya fuese en las haciendas estatales o privadas.
Mientras Toussaint convocó a los antiguos propietarios blancos que habían huido de la isla desde 1791, para reactivar la economía, con relativo éxito hasta 1802, Dessalines y Christophe no pudieron recurrir a este recurso, el primero, como consecuencia de la campaña de la reconquista napoleónica eliminó sistemáticamente a los reductos blancos hasta erradicarlos de manera definitiva a través de la eliminación, y el segundo ya no pudo disponer de ningún blanco, y montó desde 1811, un reino controlado y dominado por los negros que sobrevivió hasta 1820.
Por otro lado, Louverture gobernó Saint Domingue en representación de la república francesa hasta que en 1801 invadió el antiguo Santo Domingo español, proclamó una constitución para toda la isla, y se abrogó el título de gobernador vitalicio con prerrogativas sucesoriales, llegando con esto a convertirse en enemigo del ciudadano primer cónsul. Dessalines, tras la derrota del ejército expedicionario de Leclerc, en 1803, se coronó emperador de Haití bajo el título Jacobo I hasta su asesinato en octubre de 1805, y luego Christophe rey del Norte del antiguo dominio francés. Esta vocación monárquica se puede explicar por varios motivos; por la influencia que despertó entre los negros la figura de Bonaparte, el hecho que entonces no existían muchas repúblicas, solo los Estados Unidos de América, pero sobre todo porque en África la costumbre era esa, y pretendieron recrear, al menos Dessalines y Christophe un sistema conocido.
Los negros no sabían el significado de la democracia, no tenían la educación política suficiente para incursionar en la conformación de una república de ciudadanos, que es un modelo mucho más complejo que la monarquía absoluta.
¿De qué manera la independencia de Haití en 1804 transformó el panorama político del Caribe y de América? ¿Qué efectos tuvo la revolución en las sociedades esclavistas de Cuba, Jamaica, Puerto Rico y el sur de Estados Unidos?
La independencia de Haití y su constitución en una monarquía africana en el centro del Caribe fue un acontecimiento increíble, impensable, que rompió todas las convenciones conocidas hasta entonces. La derrota del ejército expedicionario francés liquidó por completo el proyecto americano de Napoleón, este incluso vendió el inmenso territorio de Luisiana, recién reincorporado por parte de España a su aliado galo, a los Estados Unidos de América, ampliando al doble la dimensión de la joven república. Esta venta, imprudente y producto del mal cálculo, expuso a los territorios norteños de la Nueva España, dejándolos a merced de los proyectos y aspiraciones expansivos de los angloamericanos.
Si bien se presentaron algunas insurrecciones de esclavos; en Demerara, Curazao, el antiguo Santo Domingo español, el oriente cubano, entre otras, ninguna logró convertirse en una capaz de amenazar y remover el orden existente, ni imitar las consecuencias que generaron los hechos de Saint Domingue. Las sociedades esclavistas, conmocionadas por el desenlace de Haití, elevaron los dispositivos de control y trataron de impedir efectos semejantes en sus dominios caribeños.
La población esclava en Cuba y Puerto Rico no eran víctimas del mismo sistema de explotación exhaustiva de la mano de obra que en la extinta Saint Domingue o Jamaica, pues la legislación española, mucho más humana, consideraba a los esclavos africanos personas, y, por lo tanto, seres con alma, siendo fundamental su evangelización e hispanización para cumplir con los objetivos civilizatorios. Pese a que España incursionó por primera vez en las operaciones tratantes en las costas de África para alimentar la emergente economía de plantaciones que florecía en sus Antillas, la población esclava de origen africano jamás llegó a ser mayoritaria frente a la población libre de todos los colores. Las leyes y costumbres hispánicas eran más laxas con respecto a las liberaciones, y proclives al mestizaje.
Además, las nuevas plantaciones que usaban mano de obra esclava, estaban mucho más separadas una de la otra, ese aislamiento impidió que se concretara, por lo menos hasta bien avanzado el siglo XIX, una movilización general capaz de disrumpir el sistema, también hay que tener en cuenta que la topografía de Cuba y Puerto Rico es más plana, y ninguna de las islas tiene un sistema montañoso, que les sirviera de refugio a los cimarrones, ni una frontera compartida con otro poder, como sucedió en La Española.
En cuanto a Jamaica y los demás territorios bajo administración británica, en 1807, el Parlamento de Londres abolió la esclavitud para golpear a sus rivales continentales, que, bajo la influencia de Napoleón Bonaparte, desde 1802, siguieron apegados a la esclavitud propia del ancien régime. La terquedad del imperio francés hizo que los ingleses, quienes habían sido los principales esclavistas y tratantes hasta entonces, se convirtieran en los campeones del abolicionismo, una paradoja. En cuanto a los Estados Unidos de América, hay que recordar que la esclavitud no era un fenómeno general, tan solo los estados del Sur la practicaban, aunque los del norte traficaban.
¿Por qué Napoleón consideró estratégico enviar una expedición militar para recuperar el control de Saint-Domingue? ¿Cuáles fueron los intereses políticos económicos o imperiales que lo llevaron a intentar restablecer la autoridad francesa en la colonia?
Los preliminares de octubre de 1801, y el posterior Tratado de Amiens, firmado en marzo de 1802 con Inglaterra, le permitió al ciudadano primer cónsul, Napoleón Bonaparte, organizar una flota de más de 50 navíos para lanzar la operación de reconquista de Saint Domingue. Por primera vez en una década, Francia pudo movilizar una fuerza de esas proporciones para hacer presencia en el Caribe, pues el bloqueo inglés en el Atlántico les había impedido proyectarse sobre el Nuevo Mundo. Con la retoma de Saint Domingue, Bonaparte fraguaba la realización del “sueño americano”, que significaba la reconstrucción del imperio colonial de ultramar, en el que la “joya de Francia” jugaría un rol central. El eje sobre el cual descansarían las ilusiones del proyecto, al ocupar una posición central entre Cayena y las Antillas Menores; Guadeloupe y Martinique (recuperada de manos inglesas), y el territorio de Luisiana, que sería devuelto por su aliada España.
El objetivo de Bonaparte era el de retomar Saint Domingue para doblegar a Toussaint Louverture, capturarlo y enviarlo a Francia como escarmiento por haber hecho negociaciones con Inglaterra y los Estados Unidos de América sin el consentimiento de la metrópoli, por atentar contra el orden de la república al tomar sin derecho alguno el antiguo Santo Domingo español, que yacía desde 1795 bajo la soberanía de Francia como una colonia separada de Saint Domingue, y sobre todo por proclamar una constitución para toda la isla y nombrarse a sí mismo gobernador vitalicio sin siquiera informarlo de sus intenciones.
El lobby de los plantócratas ausentistas, que vivían en Francia, y del que su esposa Josephine de Beauharnais era miembro al ser propietaria tanto en Martinique como en Saint Domingue, conllevó a que se diese impulso a dicha empresa, que fue una tragedia, pues, pese al éxito inicial que tuvo la reconquista, captura y envío a Francia de Toussaint Louverture, la fiebre amarilla o enfermedad de Siam, como se le conocía en ese entonces, arrasó a las tropas expedicionarias a un ritmo vertiginoso, llevándose incluso a Charles Emmanuel Leclerc, cuñado de Bonaparte, quien había ejercido como director de la campaña. Éste confió inadecuadamente en los lugartenientes de Louverture; Dessalines y Christophe, con el objetivo de servirse de ellos y de los regimientos negros para mantener el orden, pero la imprudente medida de Bonaparte, de restaurar la esclavitud en Guadeloupe, donde había sido abolida desde 1794, y la difusión de esa noticia en Saint Domingue produjo una insurrección general y la destrucción definitiva de la iniciativa francesa.
¿Cómo ha influido el mito fundacional de la Revolución Haitiana en la construcción política posterior del Estado haitiano? En qué medida este origen revolucionario ha marcado los proyectos nacionales, las narrativas de legitimidad y la forma en que Haití se piensa a sí mismo como comunidad política?
Ese mito fundacional, cuyo significado más profundo es la independencia de Haití a través de las armas, generó, como ya se ha dicho, terror entre las demás potencias coloniales y esclavistas, por la forma en que la población blanca fue masacrada de manera sistemática hasta su extinción. El éxito atrajo una política de segregación y exclusión del nuevo Estado, el cual fue bloqueado, tanto económicamente, con la excepción de los Estados Unidos de América, que aprovecharon la situación para hacerlo dependiente de sus productos; carne, madera y harina principalmente, como políticamente, pues Francia se negó a reconocerlo hasta negociar con el gobierno haitiano de Jean Pierre Boyer, en 1825, una millonaria indemnización, como compensación por las destrucciones ocasionadas en la economía de plantaciones; tierras, ingenios y esclavos, como por la matanza indiscriminada de los ciudadanos franceses.
El origen revolucionario de Haití generó una propaganda de ensoñación hacia el camino emancipatorio, una borrachera que justificó la legitimidad de la causa libertaria, aun recurriendo al asesinato en masa, tal y como lo hizo el mismo Simón Bolívar, cuando decretó la “guerra a muerte” contra los peninsulares y canarios, el 15 de junio de 1813, en medio de las campañas de independencia de Hispanoamérica. A mi parecer, este abordaje viciado se aleja de un análisis crítico y analítico sobre los hechos y sus consecuencias. Esa versión romántica de los desastres de Saint Domingue fue cultivada por los académicos del siglo XX, muchos de ellos imbuidos en las tesis del marxismo leninismo y los conflictos armados propios de la segunda ola de liberación del mundo colonial.
El odio visceral hacia la antigua metrópoli francesa ha condicionado en gran medida sus relaciones diplomáticas, de la misma manera que el resentimiento que mantiene una parte considerable del pueblo haitiano hacia la República Dominicana, a la cual los próceres haitianos; Louverture, Dessalines y Boyer, quisieron incorporar dentro de un proyecto nacional único, pero que no fue exitoso debido a los profundos sentimientos hispanos y católicos a los que se aferraron los dominicanos, un rechazo abierto a Haití y a su causa.

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