España en la independencia de Estados Unidos reivindica el papel de España en la historia del siglo XVIII como uno de los ejes de un mundo atlántico en transformación.
Ángel Luis Cervera: «En cierto modo, la semilla de la crisis del sistema borbónico europeo se plantó en Filadelfia tanto como en Versalles.»

Angel Luis Cervera junto con su nuevo libro
Estados Unidos es uno de los actores políticos, económicos y culturales más influyentes. Buena parte de esa proyección internacional se explica por un acontecimiento que está a punto de cumplir dos siglos y medio: la Revolución de 1776. La independencia norteamericana no solo cambió el destino de las Trece Colonias, sino que alteró de inmediato el equilibrio internacional y abrió un nuevo ciclo político en Europa.
En ese mismo escenario atlántico, la participación de España fue decisiva. Lejos de ser un actor marginal. El imperio español desempeñó un papel militar, diplomático y económico de primer orden, tanto en los frentes continentales como en los marítimos.
La proximidad del 250 aniversario invita a replantear cuestiones fundamentales: cómo se articuló realmente la primera república moderna, qué actores quedaron silenciados en la mitología fundacional y qué conexiones transatlánticas explican la difusión de ideas revolucionarias hacia Europa.
Ángel Luis Cervera Fantoni es Doctor en Historia por la Universidad CEU San Pablo y Doctor en Economía por la Universidad Rey Juan Carlos. Licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y en Ciencias Empresariales por ICADE.
El libro explora las tensiones morales, sociales y culturales de la independencia estadounidense, desde la contradicción entre libertad y esclavitud hasta la presencia de mujeres y afrodescendientes habitualmente olvidados. Analiza además cómo la guerra transformó el espacio atlántico, articulando un escenario donde se entrecruzan la política ilustrada, la economía imperial y las primeras grietas del Antiguo Régimen.
La idea surgió, en realidad, de una incomodidad intelectual. Durante años, al leer la historiografía sobre la independencia norteamericana, me llamaba la atención la ausencia sistemática de España en los grandes relatos. Se hablaba de Francia, de Lafayette, de los Países Bajos incluso, pero la presencia española aparecía apenas como una nota al pie o como un actor secundario, casi anecdótico. Sin embargo, cuando uno se acerca a las fuentes se da cuenta de que España fue un actor esencial, no periférico, y que su intervención tuvo un alcance geopolítico de primer orden.
De ahí vino la necesidad de narrar esa historia desde una perspectiva hispánica y atlántica, es decir, desde la lógica de un imperio que operaba a ambos lados del océano y que entendía la guerra no solo como un conflicto entre potencias europeas, sino como una lucha por el control del mundo atlántico. Lo que me interesaba era mostrar que la independencia de Estados Unidos fue también un episodio dentro de la larga disputa por la hegemonía global entre los imperios marítimos.
La primera dificultad fue romper con inercias historiográficas muy arraigadas. El relato anglosajón ha sido extraordinariamente eficaz en la construcción de su propia mitología fundacional, y cualquier intento de reequilibrarlo se percibe, a veces, como una lectura revisionista. Pero mi intención no era contradecir, sino complementar y ampliar la mirada. Mostrar que el proceso fue más complejo, más coral y, sobre todo, más interdependiente de lo que solemos imaginar.
Y la segunda dificultad fue conceptual: evitar caer en otro eurocentrismo, aunque fuera de signo opuesto. Por eso insistí tanto en la dimensión atlántica, porque permite entender la guerra como un sistema de interacciones —militares, diplomáticas, comerciales y culturales— que trascendían las fronteras nacionales. En definitiva, lo que busqué fue devolverle a España su lugar en la historia del siglo XVIII, pero sin convertirla en protagonista exclusiva, sino en uno de los ejes de un mundo atlántico en transformación.

«Por eso, cuando uno mira hacia atrás, la participación española en aquella guerra no puede entenderse solo como un episodio de política exterior, sino como un espejo del final del Antiguo Régimen. Fue el último gran intento de los Borbones por articular una política racional y reformista dentro de un mundo que ya caminaba hacia la revolución. España, como Francia, ganó batallas, pero perdió certezas. Y ese es, quizás, el verdadero legado de aquella experiencia: la intuición de que el siglo de las luces estaba a punto de apagarse…»
¿Fue la cooperación franco-española en la Guerra de Independencia Americana una auténtica estrategia común o solo una coincidencia de intereses dinásticos frente a Gran Bretaña, y en qué medida su falta de coordinación -evidenciada en fracasos como el de Gibraltar- refleja tanto la debilidad estructural del sistema borbónico como el carácter pragmático y modernizador de la política exterior española?
Diría que fue más una convergencia de intereses que una auténtica estrategia común. Francia y España compartían el deseo de debilitar a Gran Bretaña, pero lo hacían desde motivaciones distintas. Francia buscaba resarcirse de su derrota en la Guerra de los Siete Años y recuperar su prestigio internacional; España, en cambio, actuaba movida por objetivos muy concretos: recuperar territorios perdidos, asegurar sus rutas atlánticas y proteger su imperio.
El marco dinástico borbónico existía, claro, pero a esas alturas funcionaba más como un pretexto de legitimidad que como un motor real de cooperación política o militar. De hecho, la guerra mostró las limitaciones de ese sistema. El caso de Gibraltar es muy ilustrativo: la falta de coordinación con Francia no solo evidenció debilidades estructurales, sino también la divergencia de prioridades. Mientras los franceses concentraban esfuerzos en el Atlántico y en apoyar directamente a los insurgentes, España miraba al Mediterráneo y a sus propios intereses territoriales.
Ahora bien, esa misma falta de sincronía no debe verse únicamente como un fracaso. También revela el carácter pragmático de la política exterior española. Floridablanca y Gálvez actuaron con gran realismo: España no entró en la guerra para promover una revolución, sino para defender su posición en el tablero global. En ese sentido, fue una actuación muy calculada, muy «moderna», incluso si aún operaba dentro del viejo marco borbónico.
¿Hasta qué punto la independencia y el republicanismo fueron percibidos por la monarquía española como una amenaza de «efecto contagio» dentro de su propio imperio, y cómo intentó el reformismo borbónico conciliar su apoyo pragmático a la causa antibritánica con la necesidad de preservar la legitimidad monárquica y evitar la difusión de ideas subversivas en América?
Sin duda, la independencia norteamericana fue observada desde Madrid con una mezcla de simpatía táctica y profunda inquietud ideológica. Desde el punto de vista del reformismo borbónico, era posible —incluso deseable— debilitar a Gran Bretaña, pero no a costa de poner en riesgo los propios fundamentos del orden monárquico. En ese sentido, el republicanismo americano se percibió como una amenaza de contagio político, sobre todo en un imperio que ya mostraba síntomas de tensión y de autonomía creciente.
La monarquía española actuó, por tanto, con una precaución casi quirúrgica. Floridablanca, que era un hombre extraordinariamente lúcido, comprendió que había que apoyar la causa antibritánica sin abrazar sus principios revolucionarios. España podía facilitar recursos, coordinar campañas o incluso intervenir militarmente —como hizo a través de Bernardo de Gálvez—, pero siempre manteniendo una distancia ideológica muy clara respecto al discurso republicano.
De hecho, la corona tomó medidas muy concretas para filtrar y controlar la información procedente de las Trece Colonias: censura en la prensa, restricciones a la circulación de panfletos y una diplomacia cuidadosamente medida para que la cooperación con los insurgentes no se interpretara como un aval a sus ideas. Se trataba, en el fondo, de hacer compatible la modernización con la ortodoxia o, dicho de otro modo, modernizar sin revolucionar.
En ese equilibrio —entre el cálculo y el miedo, entre la oportunidad y la amenaza— se jugó buena parte de la política exterior española de aquellos años. Y ese equilibrio, creo, define muy bien la madurez del reformismo borbónico, pero también sus límites: fue capaz de actuar con gran lucidez estratégica, aunque siempre dentro del corsé de una legitimidad que no estaba dispuesta a poner en cuestión.
Abigail Adams advirtió a su esposo: «No te olvides de las mujeres», subrayando la conciencia femenina emergente en los orígenes de la república norteamericana. En su libro ESPAÑA EN LA INDEPENDENCIA DE ESTADOS UNIDOS, usted dedica parte del desarrollo a rescatar figuras femeninas y su influencia en el conflicto. ¿Qué le llevó a dar este protagonismo a las mujeres en una guerra tradicionalmente narrada desde lo político y lo militar, y qué aportan esas voces para comprender mejor la dimensión social y humana de la independencia?
Precisamente esa frase de Abigail Adams resume muy bien el espíritu con el que abordé esa parte del libro: no olvidar a las mujeres, no porque fuera una concesión a la sensibilidad contemporánea, sino porque históricamente ya estuvieron ahí, desempeñando papeles esenciales que la narrativa tradicional simplemente ignoró.
Durante mucho tiempo, la Guerra de Independencia se ha contado como una historia de batallas, tratados y diplomacia masculina. Pero cuando uno se acerca a las fuentes más cercanas —cartas, diarios, testimonios locales, correspondencia doméstica— descubre que las mujeres no solo fueron testigos, sino también agentes activos.

Lo que me interesaba, más allá del rescate biográfico, era entender cómo la guerra transformó los roles sociales y las percepciones de género. Porque la independencia norteamericana no fue solo una revolución política; también alteró las estructuras de lo cotidiano. Y ahí las mujeres desempeñaron un papel de mediadoras, de articuladoras del tejido social en momentos de enorme incertidumbre.
Incorporar esas voces no solo enriquece el relato, sino que lo humaniza. Nos recuerda que detrás de los grandes procesos hay personas, emociones, miedos y decisiones individuales. Y creo que esa es una de las tareas más nobles de la historiografía: devolver humanidad a la historia, sin perder el rigor, pero ampliando su mirada para incluir a quienes la construyeron desde lugares menos visibles.
En su libro revela las profundas contradicciones del proceso emancipador, especialmente en torno a la esclavitud y a las distintas posturas de los propios líderes de la independencia, como Jefferson o Washington. ¿Cómo aborda su investigación esta paradoja entre el discurso de la libertad y las realidades de la esclavitud, y qué papel tuvieron estos actores olvidados en la dimensión más humana y atlántica de la guerra?
Esa fue una de las dimensiones que más me interesó explorar, porque la independencia norteamericana suele presentarse como una epopeya moral, el triunfo de la libertad frente a la tiranía y, sin embargo, cuando uno penetra en sus grietas, descubre una paradoja muy profunda: una revolución que proclama la libertad universal, pero que convive con —y en muchos casos depende de— la esclavitud.
Thomas Jefferson, por ejemplo, redacta la Declaración de Independencia hablando de derechos inalienables mientras mantiene centenares de personas esclavizadas. Washington mismo, símbolo de virtud cívica, no escapa a esa contradicción. Y esa tensión no es un detalle anecdótico, sino una de las claves para entender la naturaleza ambigua del proceso emancipador.
Desde el punto de vista atlántico, además, la guerra supuso una movilización masiva de afrodescendientes: soldados, marineros, esclavos fugitivos, libertos… Muchos de ellos participaron en las escuadras españolas en el Caribe o en las expediciones de Gálvez, y algunos obtuvieron su libertad gracias a ese servicio. De modo que, aunque a menudo invisibles en la memoria histórica, formaron parte esencial de la maquinaria humana que hizo posible la guerra.
Por eso sostengo que la independencia fue tanto una revolución política como un laboratorio moral. En ella se enfrentaron dos nociones de libertad: la abstracta, que proclamaban las élites ilustradas, y la concreta, que reclamaban los oprimidos. Y en ese contraste se revela una verdad incómoda, pero necesaria: que la modernidad nació con una fractura en su interior, una tensión entre ideales universales y exclusiones estructurales que, en el fondo, sigue siendo uno de los dilemas permanentes de Occidente.

«El Caribe fue, sin duda, el escenario más decisivo. Las campañas en La Habana, Santo Domingo o Puerto Rico aseguraron las rutas logísticas, y la ofensiva de Gálvez en el Misisipi y Pensacola no habría sido posible sin el apoyo constante de la flota.»
La Marcha de GAlvez por Augusto Ferrer-Dalmau
La historiografía tradicional ha tendido a destacar la intervención terrestre de figuras como Bernardo de Gálvez, pero su investigación también rescata el papel decisivo de la Armada española en el conflicto atlántico. ¿Cómo valora la contribución naval de España -desde las operaciones en el Caribe y el Golfo de México hasta las acciones en Europa- y en qué medida esa presencia marítima fue esencial para debilitar el poder británico y asegurar el éxito de la causa estadounidense?
Efectivamente, la imagen más difundida suele centrarse en la figura heroica de Gálvez y en las campañas terrestres en el Golfo de México, pero la verdadera dimensión de la participación española solo se entiende si se incorpora la perspectiva naval. En realidad, fue en el mar donde España desplegó su poder de una manera más estratégica y, podríamos decir, más global.
La Armada española de finales del XVIII era una de las más poderosas del mundo, fruto de décadas de reformas técnicas, científicas y administrativas. En ese sentido, la Guerra de Independencia americana fue también una demostración de la modernización borbónica. Desde las operaciones en el Caribe hasta los bloqueos en el Atlántico y las acciones conjuntas con Francia en el Canal de la Mancha o en Menorca, España participó en un esfuerzo naval de enorme envergadura que dispersó los recursos británicos y rompió su tradicional supremacía marítima.
El Caribe fue, sin duda, el escenario más decisivo. Las campañas en La Habana, Santo Domingo o Puerto Rico aseguraron las rutas logísticas, y la ofensiva de Gálvez en el Misisipi y Pensacola no habría sido posible sin el apoyo constante de la flota. En paralelo, las escuadras españolas en Europa —pienso en la de Luis de Córdova, por ejemplo— desempeñaron un papel clave en el bloqueo de los convoyes británicos y la interrupción del comercio atlántico, lo que afectó directamente a la capacidad de Londres para sostener el esfuerzo bélico en América del Norte.
En conjunto, podríamos decir que España libró una guerra naval de desgaste global, en la que la prioridad no era tanto obtener victorias espectaculares como forzar a Gran Bretaña a luchar en múltiples frentes. Y en ese sentido, su contribución fue decisiva. Sin la presión constante de la Armada española y francesa en el Atlántico y el Caribe, la independencia norteamericana habría sido mucho más incierta.
Lo interesante es que aquella estrategia no surgió por casualidad. Respondía a una visión muy avanzada de la guerra como un sistema en el que el control del mar, de las comunicaciones y de los recursos económicos era tan decisivo como el combate directo. España —pese a que pocas veces lo ha destacado— desempeñó un papel fundamental en el desgaste del poder británico. Y lo hizo gracias a una combinación de diplomacia eficaz y a la disciplina y competencia de una Armada que entonces se encontraba entre las más innovadoras y técnicamente preparadas de Europa.
Tras la Guerra de Independencia de Estados Unidos, España alcanzó algunos logros territoriales, como Menorca y Florida, pero no consiguió su gran objetivo: Gibraltar. En su obra, ¿cómo interpreta que este resultado parcial influyera en la política reformista de Carlos III y en la visión española del equilibrio atlántico? ¿Hasta qué punto la experiencia del conflicto -junto con el endeudamiento francés y la difusión de los ideales de libertad y soberanía- anticipó las tensiones que culminarían en la Revolución Francesa y en la posterior crisis del sistema borbónico europeo?
Creo que ese desenlace —esa victoria incompleta, por así decirlo— marca muy bien el final de un ciclo y el inicio de otro. España salió de la guerra con un balance ambiguo: había recuperado territorios, había reforzado su prestigio marítimo y diplomático, pero no logró su objetivo simbólico y estratégico más codiciado, Gibraltar, que seguía siendo la herida abierta del Mediterráneo. Y ese fracaso, más que militar, fue psicológico y político: reveló los límites del sistema borbónico y del reformismo ilustrado cuando se enfrentaban a realidades geopolíticas que ya estaban cambiando.
Carlos III y sus ministros, especialmente Floridablanca, entendieron que la guerra había demostrado tanto la capacidad como la vulnerabilidad del Estado español. Capacidad, porque el esfuerzo logístico, naval y administrativo fue enorme; vulnerabilidad, porque el coste económico y la falta de resultados plenos mostraron que el modelo reformista tenía un techo. De hecho, tras la paz de 1783, el reformismo se vuelve más prudente, más conservador: se refuerza la censura, se limita el flujo de ideas extranjeras y se intenta blindar el sistema frente a cualquier “contagio” ideológico.
Al mismo tiempo, el conflicto había dejado una huella profunda en el equilibrio atlántico. Por un lado, la independencia norteamericana había creado un nuevo actor político; por otro, había puesto en evidencia la interdependencia económica y naval de las potencias imperiales. España comprendió que el Atlántico ya no era un espacio exclusivamente imperial, sino un escenario de circulación de ideas, mercancías y modelos políticos. Esa toma de conciencia fue ambivalente: estimuló la modernización, pero también el miedo a perder el control.
En cuanto a la conexión con la Revolución Francesa, me parece crucial. El endeudamiento francés, la frustración de las élites, la expansión de los ideales de libertad y soberanía… todo eso nació del mismo proceso. La Guerra de Independencia americana actuó como un catalizador: mostró que era posible derribar un poder imperial apelando a la razón y al derecho natural, pero también que esa lógica podía volverse contra los propios monarcas ilustrados. En cierto modo, la semilla de la crisis del sistema borbónico europeo se plantó en Filadelfia tanto como en Versalles.
Por eso, cuando uno mira hacia atrás, la participación española en aquella guerra no puede entenderse solo como un episodio de política exterior, sino como un espejo del final del Antiguo Régimen. Fue el último gran intento de los Borbones por articular una política racional y reformista dentro de un mundo que ya caminaba hacia la revolución. España, como Francia, ganó batallas, pero perdió certezas. Y ese es, quizás, el verdadero legado de aquella experiencia: la intuición de que el siglo de las luces estaba a punto de apagarse…

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